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  Arquidiócesis de Chicago
La Inmaculada Concepción: Viendo lo sagrado de toda vida humana

“Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. . .” El comienzo de esta sencilla oración que recuerda las palabras del ángel Gabriel son una declaración que establece la relación única de amor entre María y Dios. Desde el comienzo de su vida terrenal nuestra Señora fue nacida en su totalidad por la gracia de Dios (CC, 490). Por lo tanto sin pecado alguno ella se entrega por completo a la voluntad de Dios. Su dinámico "sí" a la solicitud de Dios para convertirse en la madre de la Palabra encarnada abrió a toda la humanidad el destino final diseñado para todos nosotros a través del acto de redención de Jesús. Este acto también restableció la relación de la humanidad con el Padre. Así, la Iglesia ve ahora a María, en su papel como madre de la Palabra encarnada, como la nueva Eva, como la nueva madre espiritual que reúne a sus hijos. Al ver el diseño que tenía Dios desde el primer momento de la concepción de María, identificamos la acción creativa de Dios en el comienzo de toda la vida humana. La dignidad distintiva que es otorgada a toda la vida humana crea una relación especial con el creador (CC, 2258).

Una nueva vida concebida no es el resultado de una mera acción humana sino el producto de una entrega mutua de los esposos en el amor conyugal. La Inmaculada Concepción de María se refleja en toda la vida porque apunta a la plenitud de la vida a la cual todos los seres humanos estamos llamados.

El hombre está llamado a tener una plenitud de vida que excede en mucho las dimensiones de su existencia terrena, porque consiste en la vida misma de Dios. Lo elevado de esta vocación supernatural revela la grandiosidad y el inestimable valor de la vida humana en su etapa temporal. ( Evangelium vitae, 2 )

La vida humana es sagrada desde el primer momento de la concepción y nunca pierde su carácter sagrado, porque viene de Dios y está destinada a regresar a él. Debido a sus orígenes divinos, la vida humana es inviolable en cada fase de su desarrollo. En su valerosa carta encíclica Humanae vitae, el Papa Paulo VI señala a las parejas casadas que al traer niños al mundo están cooperando con el amor de Dios el creador. Ellos proporcionan el material al cual Dios da la vida. Las parejas que utilizan conceptivos o que poseen alguna mentalidad contraceptiva rechazan la oportunidad de cooperar con Dios para traer nueva vida a la existencia. Los padres encargados con el cuidado y nutrición de sus hijos tienen la responsabilidad de educar y proveerles de todos los medios materiales y espirituales necesarios para el crecimiento y el desarrollo humano. Esto requiere que la familia sea un santuario de la vida en todos los aspectos.

En la encíclica de Juan Pablo II Evangelium vitae, el Evangelio de la Vida, la Iglesia, defiende lo sagrado de la vida contra aquellos que buscan manipular la vida para su propio beneficio. Esta manipulación lleva muchas veces a la negación de lo sagrado de la vida humana y resulta en una cultura de la muerte. Una cultura de la muerte apoya un entendimiento egoísta y hedonista y se divorcia de la dependencia en Dios. La experimentación científica en embriones en desarrollo ignora la inviolabilidad de la vida humana y propone que ésta pueda ser usada como cualquier sustancia material sin importar su naturaleza espiritual, reduciendo la vida humana a un producto desechable.

La Iglesia desde sus primeros tiempos vio el aborto como un mal moral, puesto que la vida humana debe ser respetada y protegida absolutamente desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, un ser humano debe ser reconocido como poseedor de los derechos de una persona, entre los cuales está el inviolable derecho de cada ser inocente a la vida (CC, 2270). Puesto que el aborto niega este derecho a los no nacidos, hace un daño irreparable a los más inocentes y vulnerables de toda la humanidad.

En los países más desarrollados el hombre piensa que tiene todo el derecho de decidir qué hacer con su vida con una autonomía completa y total. Por ejemplo, el hombre considera la eutanasia como un opción, la cual implica “tomar el control de la muerte y terminar antes de su tiempo, 'de manera gentil' la vida de uno o de los otros” (Evangelium vitae, 64). Esto no tiene sentido y es inhumano porque ve a los ancianos, los discapacitados y los enfermos como algo intolerable, como una carga pesada. Con frecuencia estas personas son abandonadas por la sociedad y sus familias porque están desprovistas de productividad y por lo tanto se considera que su vida no tiene más un significado o valor.

La Inmaculada Concepción no sólo confirió un gran privilegio en la Santa Madre, sino que también señaló al Todopoderoso como el autor de toda vida. En María tenemos una señal segura de esperanza y consolación cuando confrontamos las amenazas a la dignidad de la vida humana.

Reverendísimo Jerome E. Listecki

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