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La Inmaculada Concepción: Entendiendo la solemnidad y el dogma

En 1854 el Papa Pío IX proclamó solemnemente la doctrina de la Inmaculada Concepción. la cual establece que María fue concebida sin la mancha del pecado original.¿Qué significa eso? Alguien podría hacerse la pregunta sobre el significado de la frase “mancha del pecado original”; otros sobre el propio propósito de la doctrina.¿Realmente hace una diferencia? Y ¿por qué le tomó a la Iglesia tanto para proclamar solemnemente la Inmaculada Concepción como algo que los católicos deben creer? Para responder esas preguntas, comenzaremos con la idea del pecado original. Después revisaremos cómo se desarrolló la doctrina; su historia nos ayudará a entender su significado. Finalmente, con ese antecedente, estaremos en posición de ver que la doctrina de la Inmaculada Concepción hace una diferencia y que tiene un efecto en nuestras vidas hoy en día. Quizá la manera más fácil de entender el pecado original es revisar nuestra propia experiencia del pecado.

Todos nosotros nacemos con necesidad de la gracia de Dios. El Consejo Vaticano II señaló a la propia experiencia humana que tenemos de sentirnos divididos en nuestro interior: “Examinando su corazón, el hombre puede encontrar que tiene inclinaciones hacia el mal. . . . (El) está dividido en su interior” (Church Today, 13). Todos nosotros experimentamos la lucha entre el bien y el mal. Aún San Pablo experimentó esa división interior. Escribió: “Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco” (Romanos 7:15). La condición en la cual nacemos parece ser una carencia de totalidad. Nacemos con un sentido de no estar en casa con nosotros mismos, con nuestro mundo o con Dios. Nos hallamos con necesidad de la gracia de Dios. En otras palabras, nacer no nos pone automáticamente en una relación con Dios. Tradicionalmente, la manera de expresar esto es decir que el pecado original consiste de manera formal en una falta de gracia santificadora. (Ver Catecismo, 396-421).

Al pensar sobre el pecado original como una parte de nuestra experiencia, debemos recordar que no estamos hablando acerca del pecado personal. Pecado de la manera que es utilizado en pecado original tiene un sentido particular. No estamos hablando sobre el ejercicio de nuestra propia libertad la cual nos distancia y nos aparta de Dios y de los otros (eso es pecado personal). Más bien, estamos hablando acerca de nacer en una situación de enajenación de no-estar-casa con Dios, antes de tomar cualquier decisión particular. Nacemos con necesidad. Hablando de manera más específica, nacemos con la necesidad de una relación con Jesucristo el Salvador, el cual rompe la distancia y la enajenación entre Dios y nosotros mismos. Jesús cura y reconcilia las divisiones que experimentamos en nuestro interior. Él nos conecta con nuestro Dios y nuestro prójimo. Con este entendimiento del pecado original, podemos volver a la declaración de la doctrina hecha por el Papa Pío IX en 1854. El decreto dice: “ … la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano” Esta declaración de la Iglesia es el resultado de muchos años de reflexión, oración y consideración. (Ver Catecismo, 490-493, 508). Aunque la creencia en la Inmaculada Concepción fue una parte de la fe de la Iglesia por muchos siglos, algunos teólogos tan eminentes como Santo Tomás de Aquino no podía aceptar la doctrina como fue propuesta en su tiempo. La principal razón para el rechazo de la doctrina fue que no estaban seguros si la doctrina, como estaba propuesta, afirmaba que María no necesitaba ser redimida.¿Acaso no necesitó ella el poder salvador y curador de su hijo? Aún cuando la Iglesia siempre mantuvo a María en alta estima, eso no necesariamente significaba que no hubiera caído bajo la influencia del pecado original. Después de todo, ella perteneció a la familia humana y por lo tanto necesitaría de la obra salvadora de Cristo. El avance teológico vino cuando los teólogos reconocieron que aún cuando María necesitara redención fue redimida de una manera única. Somos salvados o redimidos del pecado original cuando se nos bautiza y hacemos nuestra profesión de fe en Jesucristo.

María fue salvada o redimida al ser preservada del pecado original desde en el primer instante de su concepción. Si la doctrina de la Inmaculada Concepción significa que María disfrutó un privilegio especial, ¿qué significa para nosotros? Tiene alguna conexión con nuestras vidas? De hecho, la tiene; el viaje de fe de la Iglesia con María que llevó a la proclamación de la doctrina tiene una conexión cercana con nuestra experiencia. La manera en que Dios actuó en la vida de María desde el primer instante de su concepción es similar de la manera que se mueve en nuestras vidas. El viaje de fe de la Iglesia con María nos trae a un entendimiento más profundo de la manera que Dios trabaja en nuestras vidas. La doctrina de la Inmaculada Concepción dice que María es quien es gracias a un don de Dios. Ella es santa, no gracias a sus propios méritos, no porque sea algo que ganó; es santa porque Dios la amó. Fue puesta cerca de Dios por el Señor mismo; ella no se aproximó a Dios por sí misma. Puesto que ella recibió el favor de Dios desde “el primer instante de su concepción”, no debe haber duda que la responsabilidad de lo que fue descansaba en Dios. Su Inmaculada Concepción refleja y proclama la absoluta supremacía de la gracia de Dios en la vida humana. Algo similar sucedió también en nuestras vidas. En términos de fe cristiana, no existen personas hechas por sí mismas. Todo depende de un don de Dios. En otras palabras, la gracia de Dios es absolutamente primordial y fundamental para nosotros.

Fragmentos de Mary’s Journey de Louis J. Cameli, copyright ©

2003. Utilizado con el permiso del editor, Christian Classics,

una publicación de Ave Maria Press, P.O. Box 428, Notre Dame, IN

46556. Copias disponibles en www.avemariapress.com

o al 1-800-282-1865.

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