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  Arquidiócesis de Chicago

La Inmaculada Concepción: El llamado de Dios extendido a nosotros

Cada familia tiene sus historias. Cuando la nuestra se reúne, en especial durante los días festivos, hacemos un viaje en la historia; alguien podría decir que se cuentan las mismas historias una y otra vez. Sin embargo, para nosotros siempre parecen nuevas y emocionantes. Las historias de nana, como conocemos a la abuela, son las mejores. Recuerdo a nana como una mujer de edad avanzada, con un vestido con puntos azul marino, siempre presidiendo la cocina o la mesa.

Nana salió de Italia a los 19 años de edad para venir a Estados Unidos y casarse con mi abuelo. El día que dejó su pequeña villa en las colinas del sur de Italia, su madre la llevó a la iglesia. La llevó hasta la estatua de la Santa Virgen María. Mi bisabuela confió su hija, quien estaba a punto de embarcarse en ese aún inimaginable viaje, a la Santa Virgen. Hubo muchas lágrimas, dijo mi abuela a mi madre. Todos sabían, aun cuando nadie lo dijera, que era muy probable que no se volvieran a ver más en este mundo. Sin embargo, también hubo una enorme confianza, la cual se fundía con la tristeza y las lágrimas. Todo estaba ahora en manos de Dios y bajo la protección de María. Mi nana se fue y, de hecho, nunca pudo regresar. A lo largo de los años, se mantuvo fuerte enfrentando pérdidas, luchando batallas e intentando adaptarse a una manera de vivir totalmente diferente. Así la conocimos todos. Sin embargo, para ella, cada paso en el camino y todo lo demás, estaba en manos de Dios y bajo la protección de María.

Cuando recordamos las historias de nana, es probable que pensemos que son historias pintorescas de una época más sencilla, con una fe más dirigida. Es probable que nos veamos a nosotros mismos como personas más sofisticadas y más allá de las viejas costumbres piadosas. Aún así, cuando vuelo al pasado e imagino a mi abuela y a mi bisabuela en su parroquia, aún me conmueve de manera profunda. Oro por esa fe llena de confianza que no duda que estamos en las manos de Dios y bajo la protección de María.

De la manera en que yo entiendo la Inmaculada Concepción, Dios preparó a María para recibir a la Palabra hecha carne, su hijo Jesús, en este mundo. Ella escuchó el llamado de Dios y salió a buscar un futuro desconocido, conciente únicamente que el Dios que la llamó también la acompañaría. Eso fue suficiente para ella. Lo que comenzó con la gracia otorgada por Dios, vino a completarse también con su gracia. El señor es contigo. Bendita eres entre todas las mujeres.

Desde aquel momento, dondequiera que hemos escuchamos un llamado especial, sobre todo un llamado para ir a lo desconocido, María ha sido una señal y un instrumento de la gracia divina trabajando en nosotros. En cuanto a mí se refiere, quiero apoyar mi corazón en la fe de mi nana: Estamos en manos de Dios y bajo la protección de María. Eso es verdad en todas las circunstancias, a todas horas, sin importar cuán frágiles nos sintamos en el interior.

Yo nunca tuve que hacer el tipo de rompimiento doloroso con la familia, la tierra y la cultura que mi nana tuvo que hacer. Sólo me resta maravillarme con su valor sustentado en una fe fuerte y directa. Yo tengo mi propio territorio inexplorado que cruzar. Todos lo tenemos. En estos tiempos, la vida está llena de incertidumbre, de cosas desconocidas y posibilidades aterradoras. En todo eso, Dios nos llama a continuar. Existen amenazas de terror desde el exterior. Parece haber habido una erosión de valores al interior de nuestra sociedad. La vida familiar sufre presiones terribles. La Iglesia busca renovarse. Lo que nuestros hijos y sus familias enfrentarán, apenas y podemos imaginarlo. Aún así, Dios nos llama a seguir adelante.

Estoy convencido que cuando Dios nos llama, al igual que hizo con María dándole la gracia de la Inmaculada Concepción, preparándola para su gran llamado y misión, así lo hace con nosotros. Para muchos de nosotros, la crisis fundamental que enfrentamos es una crisis de confianza. La Concepción Inmaculada de María es un faro de esperanza, una luz radiante que fomenta nuestra confianza.

Cuando Dios nos llama, al igual que hizo con María dándole la gracia de la Inmaculada Concepción, preparándola para su gran llamado y misión, así lo hace con nosotros. . . La Concepción Inmaculada de María es un faro de esperanza, una luz radiante que fomenta nuestra confianza.

Con frecuencia deseo estar con mi abuela y mi bisabuela ante la Santa Virgen María y saber que se me ha confiado a ella. Cuando sé que Dios me está llamando a seguir adelante en un camino desconocido, oro por recibir la gracia de la confianza. Oro para estar completamente conciente que me encuentro en las manos de Dios y bajo la protección de María.

Victoria Ascani

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