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  Arquidiócesis de Chicago
La Inmaculada Concepción Celebrando la Solemnidad

¿Qué celebra la Iglesia cuando se reúne en culto para la solemnidad de la Inmaculada Concepción? Creemos que María recibió el efecto de la vida, muerte y Resurrección de su hijo desde el primer momento de su concepción. Nunca experimentó distanciamiento de Dios; en su nacimiento, ya tenía una relación amorosa con él. Más tarde, su singular santidad le permitió decir sí al llamado de Dios. Su sí tuvo como origen y fuerza su singular don de santidad, su Inmaculada Concepción.

Una vez que dejamos que el mensaje de la Inmaculada Concepción penetre nuestras mentes y corazones, nos es posible apreciar verdaderamente la doctrina. Y es posible aún que experimentemos maravilla y conmoción. Entender verdaderamente la Inmaculada Concepción es poder apreciar las imponentes y magníficas dimensiones que ha tenido la intervención del amor divino en la historia humana. Magnifica el hecho que la historia divina está entrelazada con nuestra historia. En la solemnidad de la Inmaculada Concepción, nos reunimos y recordamos que la iniciativa divina se encuentra al inicio, en la mitad y al final de nuestro viaje de fe. La Inmaculada Concepción de María apunta hacia el Dios que dio inicio a nuestra historia y la lleva a su término; él no sólo llamó a María sino también preparó y abrió su corazón a las posibilidades de Su amor.

Si la Inmaculada Concepción de María habla de la iniciativa de Dios desde el mismo comienzo de su vida, también habla acerca de quiénes somos nosotros, gracias al don e invitación que Dios nos ha otorgado. En la festividad de María, nos reunimos y recordamos quienes somos; ella es miembro, junto con nosotros, de la familia de fe perteneciente a Dios. La celebración de su Inmaculada Concepción nos permite reunirnos y recordar los caminos en los que Dios ha tomado la iniciativa en nuestras vidas, llamándonos, preparándonos y abriéndonos a las posibilidades de su amor. Para muchos y quizá para la mayoría de nosotros, esto sucedió cuando nuestros padres nos trajeron a la iglesia para ser bautizados. De niños, estamos rodeados por una atmósfera de fe, esperanza y amor; estamos abiertos a las posibilidades del futuro. Nada de esto fue resultado de nuestro propio hacer. Nos fue dado como un obsequio; el amor de Dios estuvo trabajando desde el inicio de nuestras vidas.

Acerca de la solemnidad de la Inmaculada Concepción podemos decir que la que toma lugar es una celebración combinada. Celebramos lo que es María gracias al singular don recibido de Dios y lo que somos nosotros gracias a un don similar. Al reunirnos y recordar, llegamos a reconocer otro hecho importante en nuestro viaje de fe: nos concebimos en María y en cada uno de nosotros. Cuando buscamos a María, llegamos a tener un entendimiento de nosotros mismos. El autoconocimiento es muy difícil de alcanzar y con frecuencia se produce cuando nos vemos reflejados en otras personas. Los hijos llegan a un sentido identidad propia al verse en sus padres. Un esposo y su mujer se reconocen el uno en

el otro. De una manera similar ocurre con el autoconocimiento y el entendimiento del propio ser en el viaje de fe. Cuando nos vemos unos a otros y en aquellos que están especialmente cercanos a Dios, como María, llegamos a conocernos mejor. En la solemnidad de la Inmaculada Concepción, nos reunimos y recordamos que María nos ofrece una posibilidad para entender quiénes somos en Dios.

La celebración litúrgica de la Inmaculada Concepción significa reunirnos y recordar el don divino de la santidad hecho a María, un don que también recibimos a nuestra manera. Esto naturalmente nos lleva a alabar y dar gracias. También incluye ver al futuro con esperanza. La fe se vuelve en esperanza cuando reconocemos que lo que Dios ha hecho es sólo el comienzo de lo que hará. Si Dios nos ha dado un don, seguramente lo llevará hasta completarlo. San Pablo habló de esto cuando escribió: “estoy persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6). Tener esperanza nos da un futuro por el cual vivir. De hecho, sacamos vida, energía y valor del futuro.

Si no tuviéramos algo que esperar, un camino que andar, nos marchitaríamos y moriríamos. Si tenemos un futuro, vivimos. Puesto que la celebración de la Inmaculada Concepción nos abre los ojos al don divino que trabaja en María y en nosotros mismos, tenemos una razón para tener esperanza. Dios es fiel; una vez que nos da algo, lo lleva hasta sus últimas consecuencias.

Al final de la Misa, se nos envía, transformados, con una misión o un propósito. Se nos da el poder y la comisión de descubrir el don de Dios en nuestras vidas y en las vidas de otras personas. Esto requiere estar atento a las cosas comunes y corrientes de la vida que, con frecuencia, pasan inadvertidas. En nuestra respiración y en nuestro pulso, en los logros de nuestro trabajo ordinario, en la belleza del arte y la música, en los sonidos y los olores de la naturaleza, en las lágrimas y la risa de nuestros amigos e hijos, encontramos que los dones de Dios tocan cada rincón, cada momento de nuestras vidas. Y aunque la vida está marcada con las señales ambiguas del pecado, el mal y la muerte, las personas atentas y con discernimiento descubren la profunda realidad del don divino que se encuentra debajo de esas señales. La solemnidad de la Inmaculada Concepción, de la manera en que es celebrada por las personas en su viaje de fe, hace eco de la oración de María, cuando proclamaba: “Porque el Poderoso ha hecho en mi favor grandes cosas, Santo es su nombre” (Lucas 1:49).

Fragmentos de Mary’s Journey de Louis J. Cameli, copyright ©

2003. Utilizado con el permiso del editor, Christian Classics,

una publicación de Ave Maria Press, P.O. Box 428, Notre Dame, IN 46556. Puede obtener una copia en www.avemariapress.com o al 1-800-282-1865.

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