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:: Comunicados de Prensa
La participación católica en la vida política
El siguiente es un resumen de tres columnas sobre la participación cívica y la votación que el Cardenal George ha escrito en Chicago Católico en los pasados meses. El texto completo de estas columnas se puede encontrar en el sitio de la red en www.catholicnewworld.com

Actualmente mucho en las noticias son historias de los políticos católicos cuyas posiciones públicas divergen de las enseñanzas morales de la fe que profesan. Estas historias están formuladas como ejemplos de conflictos Iglesia-Estado: obispos autoritarios que intentan imponer dogmas sectarios sobre políticos valientes que se esfuerzan por representar a todos sus constituyentes. Esto deforma el asunto. En este país, la iglesia y el estado están institucionalmente separados; pero en este país y en cualquier otro lugar en el mundo, la fe y la vida no lo están.

La fe es una expresión libre de la mente y voluntad y corazón a un Dios que nos ama y que transforma cada dimensión de nuestras vidas (Romanos 10:9) No existe un área en la vida de un creyente que esté separado de su fe. Una fe dividida en compartimientos no es fe, ciertamente no una fe católica, que comienza con la proclamación de que Jesús ha resucitado de entre los muertos y después resuelve las consecuencias de esa aserción en cada área de la vida. Para resolver esas implicaciones en cada edad, Jesús dió autoridad a los apóstoles para gobernar su iglesia y para enseñarla en su nombre. Hay separación de iglesia y estado en el corazón de nuestra fe — el rey no es sacerdote — pero no puede haber separación de fe y vida para el rey o el sacerdote o cualquier persona quién crea que Jesúcristo resucitó de entre los muertos.

 La particular forma de separación institucional de iglesia y Estado de la que gozamos en los Estados Unidos limita al estado de imponer una iglesia particular ante cualquier persona; pero también permite que un cuerpo religioso tenga una vida pública. La libertad de religión no se puede reducir a la libertad de autoexpresión para los creyentes o la libertad de culto reservado mientras la fe no ejerza ninguna influencia en la conversación pública que forma a la sociedad. El mensaje de Cristo y de su promesa de vida eterna lleva juicios sobre todas las dimensiones de esta vida, incluyendo la vida cultural y económica y política.

La fe moldea la conciencia política de un creyente, ya sea como votante o como titular de una oficina. Pero las conclusiones sobre el orden público de la fe de uno se ve con suspicacia en el caso de los evangélicos y con alarma en el caso de los católicos. Esto es en gran parte porque la prueba secular del tornasol para juzgar si la fe está interfiriendo inadecuadamente en el orden público por los últimos 30 años ha sido el asunto sobre la protección legal de los seres humanos no nacidos.

Esto es verdaderamente la clave del asunto, no sólo porque el aborto es intrínsicamente inmoral en cada caso, sino que también porque el asesinato legal de un niño no nacido mina el respeto por la vida humana que ha caracterizado el avance de la civilización y nos separa de los bárbaros.

En una sociedad pluralista, quizás ningún grupo de fe pueda esperar estar satisfecho totalmente con el sistema legislativo; cada grupo de fe, sin embargo, puede contar con los políticos que pertenecen a él para resolver sus posiciones políticas a la luz de su fe profesada y para actuar por consiguiente. No los obispos, sino la integridad personal de los políticos hace esta demanda.

 Los Estados Unidos cuenta con el sistema legislativo más brutal a favor del aborto en el mundo. Casi cada otra democracia occidental pone límites en cuanto al aborto según el tiempo de embarazo y otras consideraciones. Debido a que las cortes en Estados Unidos han hecho del aborto un «derecho,» poniendo límites en su ejercicio crea dificultades no encontradas en otros países. En esta situación, es inaceptable para un creyente católico que sea político abrazar sin reservas el status quo en el aborto. Tal abrazo no se puede justificar debido a las opiniones de algunos teólogos o aún aunque una mayoría de Estadounidenses piense diferente; ni puede ser justificado en el nombre de la conciencia personal, que debe ser formada por la fe. No puede ser justificado ciertamente por una petición al Consejo Vaticano Segundo, que nombró al aborto «un crimen atroz.”

Ahora estamos en un periodo de hacer decisiones políticas. Mientras que la iglesia habla de varios asuntos sobre la vida humana, sobre la justicia económica, sobre la guerra y la paz, el punto realmente neurálgico en el debate político americano por tres décadas ha sido la protección legal para abortar a un bebé, de los que más de 40 millones se han asesinado desde que el aborto en demanda fue legalizado por la Suprema Corte. Esto es un crimen contra la misma humanidad, y sería un crimen aún cuando la Iglesia católica no existiera. El aborto es intrínsecamente malvado; no está mal solamente porque la iglesia lo declare pecado. La oposición al aborto ya no es más una posición moral únicamente católica como la oposición a robar.

Sin embargo, la enseñanza clara y consistente de la Iglesia Católica por más de

2.000 años sobre la inmoralidad del aborto crea particularmente un grave desafío moral para la conciencia de los funcionarios católicos y votantes en los Estados

Unidos. Hacer y mantener leyes civiles es siempre una cuestión de conciencia. La conciencia en nuestra cultura es individualista, cimentada en la convicción de que cada persona puede decidir qué es correcto o incorrecto o aún qué es verdadero o falso. El primer desafío en hablar sobre participar en la política con una conciencia católica, por lo tanto, es llegar a entender qué es realmente la conciencia.

El padre Jesuita John Courtney Murray fue el teólogo americano de la última generación que contribuyó más considerablemente a la declaración del Vaticano II sobre la libertad religiosa. Pasando de la obligación del estado de respetar la libertad religiosa a considerar al ciudadano individual, sin embargo, Murray declara que el documento "no apoya la teoría que tengo el derecho de hacer lo que mi conciencia me dicte y que tengo que hacerlo simplemente porque mi conciencia me dice que lo haga.”

Ésta es la teoría peligrosa que al final es mi conciencia y no la verdad objetiva que determina qué es correcto o incorrecto, verdadero o falso."

Que las acciones tienen calidad moral en sí mismas y que la conciencia tiene

que conformarse a la verdad objetiva en la religión y en la moralidad que tropiezan contra la convicción frecuente que la sinceridad justifica cualquier acción.

Siempre básico a cualquier otra consideración sobre el bien común está la defensa de cada vida humana. El Papa Juan Pablo II declaró al final de su visita a este país hace veinticinco años que: "Si el derecho a la vida de una persona se viola justo en el primer momento en que es concebida en el vientre de su madre, un soplo indirecto pulsa también en el orden moral total que sirve para asegurar el inviolable bien del hombre. Entre esos bienes, la vida ocupa el primer lugar." La defensa de cada vida humana, no importa que débil o pobre pueda ser, no es solamente una de una lista de lavado de preocupaciones morales. Es fundamental para perseguir el bien común.

Esta claro que el aborto es intrínsecamente inmoral para muchos y esto se enseña claramente a todos los católicos. Algunos católicos discutirían, sin embargo, que no todo lo inmoral necesita ser ilegal y que el aborto, mientras que siempre es inmoral, está tan fundamentalmente instalado en nuestra manera Americana de vida que cualquier intento de proscribir ahora destruiría la paz social. Debe por lo tanto ser tolerado precisamente para el bien común.

Esa polémica tiene sentido, sin embargo, sólo si el que lo esta haciendo está

Luchando activamente para cambiar actitudes hacia el aborto con un propósito

eventual de llegar a proteger dentro de la ley a cada niño no nacido. Porque es difícil ver cómo uno puede hacer polémica de buena fe mientras que proclama al aborto como un "derecho" y jurando protegerlo a todo costo, muchos católicos han perdido la paciencia con los políticos que afirman compartir su fe mientras que acumulan totalmente un expediente de votación "a favor de la opción". Los obispos de los Estados Unidos el pasado mes de junio, trayendo de nuevo la pregunta sobre la conciencia en la participación de la vida política, declararon que votar para proteger el aborto legal es una forma de cooperación con el mal del aborto mismo.

¿Todos los políticos católicos entienden sus obligaciones con conciencia? Al

parecer no, esto significa que sus pastores tienen que tomar el tiempo para hablar con ellos personalmente. Una conversación pastoral sobre la formación de la conciencia no es una interferencia en el proceso político. Es un ejercicio en la caridad pastoral, motivada por el deseo de salvación del político. El político algún día será cuestionado por el Señor: ¿"qué hizo usted por el más pequeño de mis hermanos y hermanas?" y el mismo Señor le preguntará al pastor: ¿"qué hizo usted para advertirlos? ¿cómo usted les ayudó a formar su conciencia?" como Lázaro, el hombre pobre ignorado por el hombre rico hasta que fue demasiado tarde para salvar al hombre rico (Lucas 16: 19-31), ésos que fueron asesinados en el vientre de su madre estarán en las puertas del paraíso pero serán incapaces de venir a la ayuda de ésos condenados al infierno porque asesinaron a niños o ayudaron para que fueran asesinados.

Que el Señor sea bueno con nosotros y que nos dé el valor de participar en la vida política con conciencias formadas de verdad por la fe que nos llega de los apóstoles. Que Dios los bendiga.

Fraternalmente en Cristo,

Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago

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