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:: Comunicados de Prensa

Declaración de los Obispos Católicos de Illinois con relación a la Reforma Migratoria
Marzo de 2006

En este tiempo de Cuaresma, mientras realizamos las actividades propias de esta temporada, nosotros, los obispos católicos de Illinois, hacemos un llamado al Congreso de los Estados Unidos para promulgar una reforma legislativa integral en materia migratoria que nos lleve a dar una bienvenida genuina a los extranjeros que se encuentran entre nosotros.

Hoy en día la mayoría de las personas concuerda con que, tanto nuestro sistema migratorio actual como los controles fronterizos no funcionan y no lo han hecho por muchos años. Nuestras fronteras no son seguras, nuestras cuotas de inmigración no reflejan nuestra realidad económica, política y social y el imperio de la ley se ha visto significativamente menguado por un sistema que ha dejado de ser razonable y que no funciona.

Éste no es el momento para reaccionar de manera exagerada, contra lo que todo mundo sabe que es una situación intolerable, aprobando regulaciones que están aún más alejadas de la realidad y que son aún menos funcionales que las actuales. La legislación que se está discutiendo estos días en el Congreso de los Estados Unidos (H.R. 4437) es un ejemplo de este tipo de reacción exagerada . Aún cuando reconocemos las necesidades de un mundo "posterior al 9-11" para reestablecer el imperio de la ley y proteger nuestras fronteras estas metas no pueden ser cumplidas de manera sensible a través de leyes injustas y regulaciones que criminalizarían mucho de lo que ahora forma parte de una vida cívica normal.

Una de las disposiciones que se están considerando es criminalizar el cuidado pastoral, social y de salud que nuestras iglesias, nuestras organizaciones de servicios sociales, hospitales y voluntarios proporcionan a todas las personas, sin discriminación y sin hacer preguntas sobre su estatus o condición legal. Si se aprueban dichas propuestas cualquiera que proporcione ayuda, incluso si es humanitaria, a inmigrantes indocumentados podría ser acusado de un delito a nivel criminal. Nos oponemos de manera especial a esta disposición porque nuestra fe nos llama a servir a aquellos que se encuentran en necesidad. Nuestras iglesias y otras instituciones católicas no deberían ser colocadas en semejante situación de precariedad. Hacer eso no arregla el disfuncional sistema de inmigración que tenemos hoy en día y lo único que hace es lastimar a aquellos que sufren alguna necesidad.

Además, los costos económicos y personales asociados con la implementación de estas leyes serían enormes. Los cálculos actuales afirman que tenemos entre 10 y 12 millones de hombres, mujeres y niños viviendo en los Estados Unidos de manera indocumentada. Nos es razonable, que queramos o podamos deportar a cada uno de estos inmigrantes. Desde una perspectiva humana la separación y dislocación de tantas familias sería devastadora. Desde un punto de vista pragmático, los costos para deportar a tantas personas serían prohibitivos y debido a que la mayoría están parcialmente integrados a la economía, las consecuencias sociales y económicas para los Estados Unidos serían desastrosas.  

Los rostros de los cientos de personas que recientemente se manifestaron en contra de la H.R. 4437 en Chicago, muestran la población que sería afectada de manera adversa por esta ley. Estos inmigrantes indocumentados son nuestros amigos, vecinos, nuestros compañeros humanos ligados a nosotros por una humanidad común. Cualquier respuesta justa ante la reforma migratoria debería estar basada en el reconocimiento de que, finalmente, somos una sola familia humana.

Debemos enfatizar que no estamos proponiendo una amnistía para una conducta ilegal. Lo que estamos apoyando es una reforma migratoria sensible que haga seguras nuestras fronteras, que establezca estrategias de cumplimiento de la ley realistas que reestablezcan el imperio de la ley, pero que también permitan que los hombres y mujeres no documentados puedan avanzar y conseguir un estatus documentado y legal, y que por otro lado proporcione un sistema seguro, ordenado y justo para aquellos que deseen venir a trabajar a los Estados Unidos.

¿Cómo sería esa ley? Somos pastores, no políticos, de manera que podemos ofrecer sólo principios generales. Debe ser estructurada para que no parezca que premia a aquellos que no han obedecido las actuales leyes de migración. Debe proponer penalizaciones razonables para aquellos que tienen actualmente un estatus indocumentado y deseen permanecer en los Estados Unidos, sin trastornar su actual situación económica o sin separar a sus familias.

Semejante ley deberá también asegurar que aquellos que permanezcan en Estados Unidos demuestren que tienen el potencial para ser ciudadanos productivos, seguidores de la ley. Esto podría ser logrado a través de su pago de impuestos federales y estatales, tener una competencia en el idioma inglés y un conocimiento adecuado de lo que implica la ciudadanía, mantener un historial de antecedentes penales limpio y contribuir a sus comunidades durante un periodo de tiempo suficientemente largo. Esto podría terminar en una ciudadanía "ganada".

Este sistema debería también proporcionar mayores incentivos para que las personas que deseen entrar a los E.U. a trabajar lo hagan a través de procesos migratorios normales y supervisados que proporcionen oportunidades realistas de trabajo (incluso en trabajos que requieran mano de obra poco calificada o sin calificación), que reflejen las demandas del mercado laboral.

Ahora que comienza el debate en el Senado de los Estados Unidos sobre este tema, pensamos que la propuesta de McCain-Kennedy (S. 1033) enviada al Senado, concuerda más con estos principios.

Somos en su mayoría una nación formada por inmigrantes y pos sus descendientes y todos nosotros nos hemos beneficiado de la tradición que tiene nuestro país de recibir extranjeros. La vitalidad de nuestra nación y el éxito económico provienen, en gran medida, de la inmigración. La historia nos demuestra que a nuestra nación han venido y continúan haciéndolo, hombres, mujeres y niños por una gran variedad de razones: seguridad personal, oportunidad económica y progreso educativo, entre otras. Reconocemos que las naciones de las personas que migran a Estados Unidos deben también examinar sus propios sistemas y atender algunas de estas razones para que la migración pueda ser motivada no por una necesidad sino por una elección. Sin embargo, mientras los inmigrantes continúen viniendo, también sabemos que su vitalidad, su trabajo y presencia han hecho y continuarán haciendo más grande a nuestra nación. Ellos son nuestros hermanos y hermanas y debemos encontrar maneras para darles la bienvenida.

Su Eminencia el Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago


Reverendísimo Joseph L. Imesch
Obispo de Joliet

Reverendísimo Thomas G. Doran
Obispo de Rockford


Reverendísimo George J. Lucas
Obispo de Springfield-en-Illinois


Reverendísimo Daniel R. Jenky, C.S.C.
Obispo de Peoria

Reverendísimo Edward K. Braxton
Obispo de Belleville

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