Archdiocese of Chicago
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:: Comunicados de Prensa

Comentarios al cierre de la manifestación del 1º de mayo: Cardenal Francis George, O.M.I.

Queridos amigos:

Existe una palabra que expresa la razón por la que estamos aquí el día de hoy: esa palabra es respeto.

Respeto significa que cada persona tiene dignidad humana y debe ser tratado como hijo de Dios. Respeto significa que las familias, en cuyo seno aprendimos el concepto de ser humano, no deberían estar divididas, que los esposos no deberían estar separados de sus parejas, ni de sus madres, ni de sus hijos. Respeto significa que las personas que por años han sido parte del tejido social y económico de este país no deben ser tratadas como si no contaran, como si su contribución pudiera simplemente ser borrada y ellos ser devueltos a sus países de origen. Respeto es la esencia de lo que nos motivó a reunirnos el día de hoy.

¿Y qué no significa respeto? Respeto no significa que cada acción deba ser excusada o que las personas no sean responsables de sus vidas. Respeto no significa que nuestro país no debería hacer algo por desaparecer las situaciones inhumanas que marcan a nuestras fronteras y que nos avergüenzan a todos. No significa tampoco que debamos ignorar el tráfico y la explotación de personas que migran para buscar un trabajo y una manera decente de vivir. Respeto no significa que no debamos criticar a otros gobiernos que no atienden las necesidades y el desarrollo de su propio pueblo.

El llamado para respetar a todos se ha convertido en los últimos años en un llamado para reformar nuestras leyes migratorias. Los obispos católicos de los Estados Unidos, junto con otros líderes religiosos y cívicos, han hecho durante mucho tiempo un llamado a nuestro Congreso para promulgar una reforma legislativa integral sobre migración que respete las leyes de los Estados Unidos, sea justa para todos y proporcione una bienvenida genuina para aquellos que por el momento y desafortunadamente, aún son extraños entre nosotros. Estoy agradecido a todos los que se encuentran aquí el día de hoy y a aquellos que han apoyado este llamado por una reforma. Estoy orgulloso de los esfuerzos que han realizado los sacerdotes de la arquidiócesis y otros ministros y líderes religiosos, así como las personas laicas que los han ayudado.

Nosotros, que tratamos con personas en sus alegrías y sus tristezas, durante sus pesares y su desesperación, sabemos que las personas vienen a nuestro país por muchas razones: por seguridad personal, por una oportunidad económica, para progresar educativamente o para reunirse con su familia; también sabemos que la gran mayoría de aquellos vienen traen su vitalidad a nuestra vida cotidiana, un deseo de trabajar en nuestro sistema económico y una presencia que hace que nuestro país progrese y se fortalezca. Reconocemos la inestimable contribución hecha por aquellos que buscan vivir en dignidad y libertad. Ellos son nuestros hermanos y hermanas y deberíamos encontrar (y encontraremos) maneras de darles la bienvenida de manera legal. Haremos esto no sólo por respeto a ellos sino también por respeto a nosotros mismos.

No venimos solos a esta reunión. Dios está siempre con nosotros cuando buscamos realizar su santa voluntad. Compartamos nuestros planes y deseos, nuestros propósitos y programas con un Dios justo, que nos ama más allá de lo que podemos imaginar y que nos otorga dignidad que demanda respeto. Finalmente, todo lo que somos y tenemos es un obsequio; agradezcamos pues, todos juntos, a Dios Todopoderoso por esos dones.

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